Lo vi caminar con la vista perdida, sus manos ocultas y los pies arrastrados, me lo imaginé en un éxtasis, no sé por qué, si su apariencia denotaba todo lo contrario. No había gente en la calle, de manera que estaba a salvo del ridículo; sólo yo, ahí, venía saliendo de mi casa, de lo que estaba pasando en mi cama, saliendo a comprar un desayuno falso para todos. Estábamos a una cuadra de distancia, yo casi en un esquina, él a punto de atravesar la calle; como cualquier domingo, no había tráfico por el que cuidarse. Casi cae al bajar la vereda, casi cae al subirla de nuevo y yo estático, aún con un pie en el peldaño de la puerta. Dobló en la esquina de mi calle hasta que lo perdí de vista. Me quedé pensando un poco de todo, digo, de todo lo que habia pasado entre nosotros. De todo lo que sufrí con él por ayudarlo, de todo el tenebroso camino que crucé. Pero ya nada de eso existía, al menos en mi vida; en la suya, nunca hubo un tenebroso camino que pasar. Me pregunté hasta cuándo seguría siendo la piedra que rueda. No tuve respuesta. Conté mi dinero y me dirigí al almacén.
lunes, 14 de marzo de 2011
viernes, 25 de febrero de 2011
Juro que estoy loco
Holden Caulfield, El Guardian en el Centeno, J.D. Salinger
Pero les juro que estoy completamente loco. A medio camino, empecé a hacer como si me hubieran encajado un disparo en el vientre. Mauricio me había pegado un tiro. Y yo iba al baño a atizarme un lingotazo de whisky para calmarme los nervios y entrar en acción. Me imaginé saliendo de la habitación con paso vacilante, completamente vestido y con el revólver en el bolsillo. Bajaría por las escaleras en vez de tomar el ascensor. Iría bien aferrado al pasamanos, con un hilillo de sangre chorreando de la comisura de los labios. Bajaría unos cuantos pisos -abrazado a mi estómago y dejando un horrible rastro de sangre-, y luego llamaría al ascensor. Cuando Maurice abriera las puertas me encontraría esperándole, con el revólver en la mano. Comenzaría a suplicarme con voz temblorosa, de cobarde, para que le perdonara. Pero yo dispararía sin piedad. Seis tiros directos al estómago gordo y peludo. Luego arrojaría el arma al hueco del ascensor -una vez limpias las huellas- y volvería arrastrándome hasta mi habitación. Llamaría a Jane para que viniera a vendarme las heridas. Me la imaginé perfectamente, sosteniendo entre los dedos un cigarrillo para que yo fumara mientras sangraba como un valiente.
miércoles, 9 de febrero de 2011
No me importa

Stanley Donwood
Mal cuando te dicen algo que te duele y no se dan cuenta. Y uno sólo quería hacer sentir bien al otro.
martes, 1 de febrero de 2011
Beautiful and Damned

Él es un prominente escritor y considerado un verdadero genio que escribió la también considerada única gran novela americana. Ella una chica guapa de clase media aspirante a artista, quien vivó al borde de la cordura hasta que finalmente sucumbió frente a ella y murió quemada viva en un hospital siquiátrico esperando electroshock. Ambos fueron íconos de una era -él la definía como la era del jazz-, que celebraba el fin de la primera guerra, convencidos de que sería la última; viviendo al límite, recorriendo el mundo, extravagantes, locos, exaltados y enamorados enfermizos y celosos el uno del otro. Sus fiestas y arrebatadas conductas sociales son hoy día leyenda y el espíritu que representaban un anhelo de muchos.
En una ocasión, de pequeña, ella llamó a los bomberos para advertir que había un menor de edad al borde de techo de una casa; terminada la llamada, corrió a su propia casa y se subió al techo a esperar que llegaran a rescatarla. Una actitud inocente para su edad, pero más adelante, sus escapadas tendrían otro tono, como la vez que ambos conocieron a la famosa bailarina Isadora Duncan en una mesa junto a la de ellos en una terraza de un hotel en Francia. Estaban sentados de espaldas a una escalera que conducía al pasto, más de 200 metros abajo de donde comían. Él, maravillado por la presencia de la bailarina, fue a su mesa y se hundió a sus pies y rodillas, frente a lo cual, el compañero de la bailarina lo tomaría del pelo para insultarlo; ella que observaba la escena, se paró sobre su silla y se tiró sobre la mesa para desparecer con ella escalera abajo. Cuando volvió a subir, una de los presentes, corrió a ella a limpiarle la sangre de las rodillas y del vestido. "Estaba segura que había muerto, nos dejó a todos petrificados y mudos. Nunca he podido olvidar ese episodio".
Vivieron en Estados Unidos, Francia e Inglaterra, ambos conocerían a otras personas de su interés, los que los llevarían a ataques de celos y arrebatos desmedidos, como cuando ella lanzó por la ventana de un tren en movimiento el reloj de plata que él le había regalado años atrás. Mucha gente que conocieron en su vida, incluyendo sus amantes aparecen en los libros de él, mientras que ella, fascinada por el ballet, practicaría esa disciplina hasta sus últimos días cuando ya la locura que le iba ahogando su cerebro se hacía cada vez más insalvable. Él murió como muchos, arodillado frente a su propio alcoholismo y mundialmente reconocido como escritor. Ella fue referente femenino de independencia y rebeldía. Ambos dejaron una huella imborrable, y aunque él tuvo una fuerte relación de amistad con Hemingway, al final de sus días rompería toda amistad con él, si bien su actitud fue siempre conciliadora. Con ustedes, Francis Scott y Zelda: Los Fitzgeralds.
"Ella era de una belleza natural, con pelo rijizo-dorado, finos rasgos y un agraciado cuerpo. Pero lo que la distinguía de las demas jóvenes era su espíritu juguetón, con frecuencia rebelde e incluso irresponsable. Indudablemente la pareja perfecta para él en esa época, hambrienta de éxito y miembro de una prominente familia, era independiente y hermosa"
En una ocasión, de pequeña, ella llamó a los bomberos para advertir que había un menor de edad al borde de techo de una casa; terminada la llamada, corrió a su propia casa y se subió al techo a esperar que llegaran a rescatarla. Una actitud inocente para su edad, pero más adelante, sus escapadas tendrían otro tono, como la vez que ambos conocieron a la famosa bailarina Isadora Duncan en una mesa junto a la de ellos en una terraza de un hotel en Francia. Estaban sentados de espaldas a una escalera que conducía al pasto, más de 200 metros abajo de donde comían. Él, maravillado por la presencia de la bailarina, fue a su mesa y se hundió a sus pies y rodillas, frente a lo cual, el compañero de la bailarina lo tomaría del pelo para insultarlo; ella que observaba la escena, se paró sobre su silla y se tiró sobre la mesa para desparecer con ella escalera abajo. Cuando volvió a subir, una de los presentes, corrió a ella a limpiarle la sangre de las rodillas y del vestido. "Estaba segura que había muerto, nos dejó a todos petrificados y mudos. Nunca he podido olvidar ese episodio".
Vivieron en Estados Unidos, Francia e Inglaterra, ambos conocerían a otras personas de su interés, los que los llevarían a ataques de celos y arrebatos desmedidos, como cuando ella lanzó por la ventana de un tren en movimiento el reloj de plata que él le había regalado años atrás. Mucha gente que conocieron en su vida, incluyendo sus amantes aparecen en los libros de él, mientras que ella, fascinada por el ballet, practicaría esa disciplina hasta sus últimos días cuando ya la locura que le iba ahogando su cerebro se hacía cada vez más insalvable. Él murió como muchos, arodillado frente a su propio alcoholismo y mundialmente reconocido como escritor. Ella fue referente femenino de independencia y rebeldía. Ambos dejaron una huella imborrable, y aunque él tuvo una fuerte relación de amistad con Hemingway, al final de sus días rompería toda amistad con él, si bien su actitud fue siempre conciliadora. Con ustedes, Francis Scott y Zelda: Los Fitzgeralds.
lunes, 31 de enero de 2011
Ah, Melody
Melody Nelson. Unos de los tantos y desaparecidos álbumes conceptuales que han salido en la historia de la música rock/pop. Una historia que ha encantado a generaciones; la relación entre un hombre mayor y una mujer menor. Una situación que ha inspirado fotografía, cine y literatura, sin contar la influencia que ha tenido el disco en otros músicos. Quizás porque contiene implícito lo prohibido -en el puritanismo del pasado-; el choque de experiencias, la colisión entre dos mundos: Por una parte la nostalgia de vivir la juventud, por el otro, el ansia de experimentar y ganar experiencia. Como sea, es y ha sido un tema recurrente en la expresión humana. Este disco de Serge Gainsbourg, quizás uno de los autores que más ha experimentado en estilos musicales en su carrera, deslumbra por su riqueza en recuersos literarios, por el canto a dueto (con su novia de la época Jane Birkin), y lo que parece una serie de melodías que parecen hechas sin tanto esfuerzo, tal vez por esa voz grave y pensativa de Serge que en realidad, parece ser lo que guiara la música, cómo si esta fuera un mero acompañamiento a sus pensamientos o a las conversaciones con Melody, la niña que le quita el sueño. Ya no parece haber ese talento que es capaz de entregarnos un disco conceptual, atrás quedaron esos imprescindibles que siguieron la línea de ese mismo género desde los 60s. Quadrophenia de The Who, Ziggy Stardust and The Spiders from Mars de David Bowie, The Wall de Pink Floyd, Berlin de Lou Reed, The Kinks y tantos otros. Adieu, adieu, qualité...
martes, 25 de enero de 2011
Parce qu'il y a plus d'et plus de miroirs
Abre el espejo y encontrarás un conejo, un teatro abandonado, una pieza subterránea con una pequeña ventana. Entra en él y verás todo al revés, todo de un lado a otro, verás tu propio reflejo, y aunque te quedes atrapado y jamás puedas salir, ese espejo será mi rostro, será el brillo del sol y estará contigo por siempre. El espejo como analogía al desdoblamiento, a la otra personalidad, a la bipolaridad, al otro yo. Ese que está siempre vigilándote y esperando que suceda.
viernes, 21 de enero de 2011
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